03 DE FEBRERO DE 2018 06:00 PM

Subyugados por la pasión intestina de fantasmas propios y ajenos, los venezolanos hemos entrado en una espiral de odio y resentimiento generalizado, que permea si contemplación a todos por igual. No solo los líderes de la unidad son el centro de la diana al que van dirigidos los dardos venenosos, ahora, sin ninguna contemplación, las letales baterías de insultos, señalamientos y recriminaciones viscerales buscan otro objetivo; cualquier venezolano que se permita apoyar a la unidad. Si de algo debe vanagloriarse el chavismo, es que su padre fundador–desde su irrupción nefasta a nuestras vidas-, pudo minar con su odio planificado cada sector del país; destilaremos toneles de sudor para recomponernos como sociedad.

Actualmente, la infamia que durante casi dos décadas ha hecho padecer el régimen chavo-madurista a cada ciudadano de este país, se ve nutrida por esa rapaz persecución que solo busca imponer una verdad fabricada y ficticia, sobre el que piense distinto. No basta la discriminación dictatorial de Maduro hacia el venezolano que disiente de su absurda presidencia, la “nueva especie” social que se erige como “opositores puros”, procuran de manera despiadada aplastar a toda persona que manifieste -desde el conocimiento y el análisis- dar apoyo al trabajo de la Unidad Democrática y la AN. Difícilmente, se puede emitir opinión sobre los posibles escenarios que se gestan y se concretarán, en el corto y mediano plazo, sin recibir la descarga acostumbrada de insultos de la antipolítica.

Preguntarse ¿en qué sociedad nos hemos convertido? resulta repetitivo y hasta cansón. Desgastante, porque la sempiterna respuesta a esta interrogante siempre es la misma: ¡es culpa de Chávez! Mientras otros, más desenfocados, opinan: ¡culpa de la oposición! Criterios que significan un parteaguas a la hora de encontrar acertadamente, las causas del infortunio general que sufre Venezuela. El error radica, en seguir con la desvergonzada manía de extraer -sin empacho alguno- nuestra responsabilidad social de los desaciertos del liderazgo opositor, actitud que agrava enormemente la desesperación social reinante en cada rincón del país y que pende de manera mortal sobre nuestra psiquis emocional. Hablamos siempre de unidad, pero no entendemos que esta no se logrará jamás, si no reconocemos nuestros errores. La unidad la impulsará la ciudadanía, no los militares, políticos, los Navy Seal o las instituciones.

Impávidos bajo el lindel de las puertas del infierno, nos encontramos. Parece que vivimos en carne propia, una cántica inédita y recién descubierta de la Divina comedia de Dante. “Aquí se encuentran, entre lamentos de dolor y de ira, las “gentes que vivieron sin gloria ni infamia”, mezcladas con los ángeles que no se rebelaron contra Dios, pero no por lealtad, sino para evitar las consecuencias de tomar partido en la lucha entre el bien y el mal”. Paralelismo entre la poética ficción y una agobiante realidad; nuestra realidad. Mirtha Rivero en su libro, Historia menuda de un país que ya no existe, expone en su primer capítulo: “Quería contar -contarme- la historia de la Venezuela contemporánea a partir de seres alejados de la palestra, la prosopopeya, la escarcha, el éxito o el fracaso público”.

Si analizamos bien este pequeño pasaje descrito por Mirtha Rivero, entenderemos que es allí, estimados lectores, donde hallaremos muchas respuestas que nos han sido esquivas a lo largo de estos nefasto cuatro lustros de descomposición social, política, económica, institucional y espiritual. Es decir, los verdaderos líderes llamados a promover la unidad son los vecinos, los amigos, los desconocidos, etc. Esto, sin dudas, es una decisión personal. Cada uno decide si prefiere seguir a la espera inocua de contingentes de tropas extranjeras enarbolando la bandera de la OTAN. O quizás, seguir escuchando cuanta historia épica le espete ese político que habla en futuro, sin planes, estrategias y, lo que es peor, sin poner en peligro su falsa credibilidad, porque sencillamente nunca arriesga. Salir o continuar viviendo en el infierno nos corresponde a todos; radicales o no.

 

Miguel Peña
@miguepeg

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