La autoflagelación ha sido el norte de la sociedad venezolana durante estos años de ignominia chavo-madurista, sobre todo, en los últimos tiempos. Nos hallamos perdidos en un mundo subyacente atestado de lamentaciones que se vuelven desesperantes y, de vez en cuando, molestas. Protagonizamos un monólogo donde la trama principal es la incredulidad y el pesimismo. Pisamos suelos ataviados de baldosas grises, que conjugan una suerte de mosaico lúgubre difícil de definir, mostrando a simple vista, las marcas de esas heridas sociales infringidas en propia mano o por las del régimen.

Redimirse tiene un insondable significado en la vida de una persona. La libera de toda maldad que le haya tocado la puerta. Es como si reiniciamos la computadora personal para comenzar de nuevo, sin virus y archivos temporales que ralentizan cualquier procesamiento de datos. No se debe circunscribir la palabra redención estrictamente al prisma religioso, aunque sea su génesis. Es primordial entender que la redención social también es posible lograrla. Más allá de teorías o hechos relevantes, cuando las sociedades han sido llevadas a límites extremos de calamidad, siempre encuentran la manera de redimirse de sus errores y omisiones; porque, si haber vamos, populistas y dictadores nunca llegan solos al poder.

Caminar en círculos no tiene sentido práctico. Señalar perennemente errores del pasado solo es sinónimo de nuestra desidia individual y colectiva. Los radicalismos y las posiciones dogmáticas de la gente, a la larga, traducen el deseo narcótico de que aparezca el “redentor” de turno; peor aún, hace dibujar en amarillo un halo de auto-salvadores que no le pertenece a nadie. Hugo Chávez en sus interminables peroratas, tuvo la desfachatez –casi sacrílega- de sentenciar: “Yo soy el único que puede gobernar a “Venezuela”. Sin viajar mucho en el tiempo, la semana pasada María Corina Machado vistiendo ropajes de Juana de Arco del S.XXI, señaló que los diputados de la llamada fracción parlamentaria del 16J, eran los únicos diputados dignos de la AN. Polos que se tocan, sin dudas.

En esta expiación de culpas no escapan de pasar al púlpito los líderes de oposición, quienes, en mayor medida, les corresponderá hacer un acto de contrición más allá de las formas. Es decir, tendrán que sumergirse en el fondo -algunas veces en modo apnea- con el propósito de alcanzar una sincera y creíble liberación de errores políticos. Definitivamente, es en este punto, donde se tranca el serrucho. La dirigencia opositora luce día tras día, grandes dosis de soberbia y petulancia que no les deja percibir las realidades tal cual se presentan. Algunos piensan y comentan que los políticos de la unidad se hacen los sordos. Por el contrario, muchos de ellos palpitan cada problema del país y resisten los reclamos, exigencias e insultos con estoicidad.

El problema de una parte del liderazgo de la MUD no es la sordera. El asunto se inclina a la falta de actitud, más que otra cosa. Varios políticos de oposición portan -sin darse cuenta- el virus traicionero de no asumir riesgos sociales, individual y colectivamente. Mibelis Acevedo en su trabajo, sin riesgo no hay paraíso, colorea de forma magistral lo que  significa para un líder, no hacerse responsable de situaciones límite y determinantes como las que vivimos: “Es mucha la amenaza, mucho el leñazo encajado a la oposición democrática venezolana, sí, pero eso no debería ser pretexto para la autoinvalidación, la renuncia, el manso resguardo en zona segura; para la falta de acción, ese temor a elegir que sólo apunta al vacío, el “conatus” y sus frutos malogrados de antemano”.

Políticos y ciudadanos deambulamos dentro de una burbuja mortal de señalamientos infinitos, sombra que se ha convertido en la rémora perversa del fin ulterior de la lucha opositora. Cerramos la puerta inconscientemente al egregor que habría de unificarnos, bajo el mismo pensamiento colectivo; la salida del régimen de Maduro. Hay un divorcio total entre liderazgo y ciudadanos, eso es evidente. Ha quedado roto un cristal que, en principio, convenía fuera de vidrio blindado. La retórica de ir reclamando como alma en pena la vuelta de página, se hace predecible y burlona. Sin reiniciar desde cero la estrategia y la lucha no habrá ningún cambio. Si queremos avanzar hacia la reconquista democrática, entendamos que redimirse no es una penitencia, sino una obligación.

 

Miguel Peña G
@miguepeg

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